
Dirigida por Terrence Malick y protagonizada por Brad Pitt y Jessica Chantain, “El árbol de la vida” es un filme íntimo y poético que invita a reflexionar sobre la esencia de la vida y la insignificancia del ser humano en la inmensidad del Cosmos.
Ganadora de la Palma de Oro en la última edición del Festival de Cannes, la película recaudó más de 900 millones de euros en su primer fin de semana en los cines españoles. Sin embargo, a pesar de haber sido todo un éxito, no ha estado exenta de polémica: ha logrado que cientos de personas se levantaran de sus butacas y abandonaran las salas, indignados, sólo media hora después de película, y ha conseguido también impresionar a miles de espectadores que han quedado asombrados con la calidad del filme, posiblemente uno de los mejores del año.
Antes de ir a ver esta película, hay que tener muy claro que no se va a escuchar una historia y a pasar un buen rato. No es un thriller, ni una comedia romántica. “El árbol de la vida” es un filme diferente, que se aleja de las estructuras convencionales del cine de Hollywood para hablar de religión, de ciencia, de metafísica, de filosofía y de literatura. Es una cinta compleja, que se acerca al género documental y que exige al espectador un esfuerzo para poder comprenderla y reflexionar después sobre lo que significa su paso por la Historia.
A través de los monólogos internos de los personajes, Terrence Malick se adentra en la complejidad del ser humano, presentando sus inquietudes y sus miedos, sus frustraciones y su obsesión por creer en algo que le trascienda y que dé sentido a su existencia. Porque, ¿cómo va a ser capaz el hombre de comprender el funcionamiento de todo cuando sólo es una parte minúscula en la inmensidad del Universo?, ¿cómo no va a existir un Dios poderoso e inmortal que guíe su destino? No es posible que un individuo, que es tan importante para los que le rodean, que lo significa todo para su familia, no sea nada más que un peón, cuya existencia se acabe con la muerte. No es posible que después de su muerte, el tiempo se encargue de borrarlo de la memoria de los que siguen vivos. Porque entonces, ¿qué sentido tiene su vida?, ¿para qué amar, reír o llorar? Preguntas angustiosas a las que el hombre se empeña en dar respuesta y acaba resignándose, asumiendo que Dios es el responsable, “todo lo da y todo lo quita”.
Tal y como se escucha en cierto momento en la película: “Nos desvanecemos como una nube. Nos marchitamos como el pasto en el otoño y como a un árbol, nos salen raíces. ¿Hay algo que no muere en el Universo?, ¿hay algo que sobrevive al paso del tiempo?”.
“El árbol de la vida” es por tanto un canto a la vida, a la naturaleza, al poder del sol, al azul del cielo, a la grandeza del océano, a la aridez del desierto, a la inocencia de la niñez y a la crueldad y perversión del mundo adulto. Un canto a la soledad, al dolor, al amor, a la felicidad, al miedo a la muerte y a la esperanza. Un viaje por la creación del mundo, desde la aparición de los planetas o las primeras formas de vida, hasta llegar a las sociedades modernas.
Paralelas a las imágenes sobre el ser humano, se suceden otros planos de una belleza impresionante. Supernovas, galaxias, planetas, erupciones volcánicas, corales en lo profundo del océano, campos inmensos de girasoles o cascadas interminables, un auténtico regalo divino que, en sintonía con una maravillosa banda sonora, crea una auténtica conexión entre lo universal y lo terrenal.
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